La crisis de 30 años: capítulo 1


Sin techo ni ley.   

En la obra en la que reconstruyen los episodios más destacables de la crisis financiera actual, Jean-Marc Sylvestre, periodista económico de TF1 – NdT: canal de televisión francés -, y Olivier Pastré, profesor de economía en la Universidad de Paris VIII, exponen el caso representativo de Rosa, una inmigrante boliviana en Estados Unidos que vive de hacer pequeños trabajos y que, aunque sólo gana 2000 dólares al mes, se ha decidido a comprar una casa.

Un agente comercial hipotecario le propone entonces un crédito de 400.000 dólares reembolsable en diez años. Le sugiere que declare unos ingresos de 3000 dólares al mes, y al mismo tiempo le aclara que, de todas formas, los primeros pagos no tendrá que efectuarlos antes de un año. Rosa ya se puede mudar, “América es mágica[i]”

Pero al cabo de un año toca empezar a pagar. Y solamente los intereses suponen 2000 dólares al mes (y no dejan de aumentar: el último pago asciende a 250.000 dólares). ¿Qué le queda a Rosa para vivir? No tiene otra salida que revender su casa.

Casos como este se encuentran a montones. Se calcula que un millón de personas ya han sido engañadas de la misma manera. “Siempre la misma historia: por una parte, la miseria y la precariedad, con la esperanza de que ese crédito mágico nos permitirá salir de una situación crítica y, por otra parte, el cinismo y la avidez de profesionales que descubrieron que podían ganar fortunas colocando un dinero que sale cada vez más y más caro[ii]”.

¿Cómo es posible que tanta gente haya aceptado estos contratos sabiendo fehacientemente que no podrían pagarlos? Y las personas que los llevaron a término, o incluso los que los diseñaron, ¿cómo pudieron meterse en ese tipo de operaciones que rozan la estafa?

Y finalmente, ¿cómo esos créditos impagados han podido hacer tambalear a todo el sistema financiero, e incluso al propio capitalismo[iii]?

1.1 Ha dicho usted “subprime”, ¿qué es “subprime”?

El nombre completo de este tipo de crédito hipotecario es “suprime mortgage”. “Mortgage” significa “hipoteca”. Y “subprime” especifica que el beneficiario, en vista de sus escasos ingresos, no ofrece las garantías necesarias para reembolsarlo. Un prestatario que tiene patentemente los medios para devolver el préstamo obtenido, y que por tanto no presenta ningún riesgo aparente, paga un tipo de interés “normal”, llamado “tipo básico” o “prime rate”. Por ejemplo, 100.000 dólares al 8%. Es decir, aparte del reembolso de la cantidad principal (los 100.000 dólares), un interés estimado en 8.000 dólares (al menos el primer año).

En cambio, si el deudor es considerado “subprime”, significa que el acreedor estima que podría no estar en condiciones de reembolsar el préstamo. Entonces se le pide un interés mayor, por ejemplo el 11% o el 12%. Y, por supuesto, con frecuencia, a quienes se cataloga como “subprime” es a los pobres, sobre todo a los amerindios, los latinoamericanos y los afroamericanos[iv].

Obviamente, los contratos subprime incluyen cláusulas en letra pequeña al final de la página, cláusulas que detallan cómo se ha de reembolsar y el tipo de interés impuesto. El acuerdo más frecuente es el que se llama comúnmente 2/28: un préstamo reembolsable a treinta años. Los dos primeros años se aplica un tipo de interés fijo, muy bajo, pongamos el 6%. Después, a partir del tercer año, el tipo es variable; y puede llegar rápidamente al 10%, o incluso más. Imaginemos un crédito de 100.000 dólares. Durante dos años, los intereses ascienden 6.000 dólares al año, es decir 500 dólares al mes. Para unos ingresos mensuales de 2.000 dólares es asumible. Pero luego se convierten de pronto en 10.000 dólares al año, es decir 833,33 dólares al mes, un aumento de “apenas” el +67%. Pues bien, el 80% de los préstamos subprime se organizan según el principio de un tipo de interés “bajo” los primeros años que se reajusta más adelante. Normalmente es en ese momento cuando aparecen los impagos.

Como si esto no fuese suficiente, los bancos han inventado una nueva artimaña para atraer clientes: se trata de que el cliente pague mensualmente tan sólo los intereses y que reembolse el pago principal al vencimiento[v]. Estos créditos llamados “interest-only” (sólo los intereses) representaron cerca del 25% de los préstamos hipotecarios concedidos en 2004, y llegaron al 29% en 2005[vi]. Esto quiere decir en realidad que el prestatario cumplirá con los pagos durante treinta años, pero que al final, manifiestamente incapaz de reembolsar el principal, el establecimiento financiero le embargará su casa de todos modos. Se calcula que un millón y medio de hogares contrataron un préstamo subprime 2/28[vii]. ¿Por qué tanta gente?

La respuesta está en la ideología del propietario, el “rey de su casa”, presente en muchos países. ¿Acaso no se dice que Bélgica tiene “un ladrillo en la barriga”, con una tasa de propiedad cercana al 78%[viii]? También es el caso de España, donde el número de propietarios asciende al 85% de los hogares, en Italia (80%), o  Irlanda (77%)[ix].

Con la llegada de Ronald Reagan a la presidencia americana a comienzos de 1981, estas ideas fueron impulsadas en Estados Unidos. Uno de los promotores más activos de este discurso es el Instituto Cato, un think tank[x] liberal clásico que desempeñó, junto con otros, un papel fundamental en la elección de la administración ultraconservadora en 1981. Los liberales son partidarios de una sociedad compuesta únicamente por pequeños propietarios, sin Estado (o en todo caso con poderes públicos mínimos), una especie de anarquía liberal que tiene como máxima “actuar de acuerdo con las leyes del mercado y de la competencia pura y perfecta”. Milton Friedman, economista ultraliberal muy activo en los años setenta e inspirador de las políticas reaganianas, así como Alan Greenspan, presidente de la Reserva Federal americana desde 1987 a 2005, están muy imbuidos de esta doctrina.

Fue el Instituto Cato el que desarrolló el concepto de “ownership society”, es decir, sociedad de propietarios[xi]. Una consigna que George Bush hijo retomará en su campaña electoral de 2000. Diferentes gobiernos decretaron desde entonces reducciones fiscales para estimular la compra de viviendas particulares.

La tasa de propiedad pasó así del 44% tras la Segunda Guerra Mundial al 64% en 1968. Subió tan sólo lentamente hasta el 65,5% en 1980, como muestra el siguiente gráfico (gráfico 1.1)

Gráfico 1.1. Evolución de la tasa de propiedad en Estados Unidos 1964-2009 (en %)

Fuente: US Census Bureau, Homeownership Rates for the U.S. And Regions, diferentes años.

Tras el pico de los años ochenta, los tipos de interés elevados empezaron a desalentar los créditos, en particular los destinados a la compra de casas. La tasa de propiedad volvió a caer al 63,8% en 1988 y permaneció en ese nivel casi hasta 1994. Después, en la década que empieza bajo el mandato del demócrata Bill Clinton, volvió a subir vertiginosamente para llegar al 69% en 2004. Inmediatamente después se estancó, e incluso experimentó un descenso en 2007 al 68,1% (67,4% en 2009). Para los organismos de crédito, se había vuelto urgente animar a los excluidos del sistema a convertirse también ellos en propietarios.

¿Propietarios? Como muestra la crisis de las subprime, los hogares norteamericanos no son, en realidad, propietarios más que nominalmente. De media, no poseen más que el 10% del valor real de su vivienda[xii]. Quienes detentan el 90% restante, los acreedores, tienen todos los derechos. Incluidos los de desahucio.

Además, en virtud de un complejo mecanismo de titulización, los bancos pueden reagrupar los préstamos hipotecarios, cederlos a una filial generalmente radicada en un paraíso fiscal, y después emitir como contrapartida obligaciones que los inversores extranjeros en el proceso pueden comprar. De este modo, el crédito, que normalmente es un contrato entre dos partes, se transforma en un título que puede ser intercambiado en cualquier mercado financiero, sin que el comprador esté al corriente de las posibilidades reales de no-reembolso por parte del prestatario. Sin embargo, tal y como esgrimen los partidarios y promotores de este sistema, el riesgo de impago se reparte en un número más grande de actores. Por tanto se supone que pueden hacer frente a los impagos.

1.2 Sin mobil home aparente

Todo funciona a la perfección mientras el mercado inmobiliario está en constante crecimiento. Así fue hasta 2006. El número de viviendas compradas aumentaba. Los precios de las casas también. Todo iba sobre ruedas.

Pero la hermosa máquina se iba a detener. El siguiente gráfico 1.2. presenta el aumento anual medio de los precios de las casas, en relación con la evolución del tipo hipotecario medio impuesto a las viviendas nuevas.

Gráfico 1.2 Evolución de la subida de precios de la vivienda comparado con el tipo hipotecario aplicado 1964 – 2010 (en %)

Fuente : calculados a partir US Census Bureau, Statistical Abstract, diferentes años, para la subida de precios de viviendas para hogares de una sola persona (http://www.census.gov/const/price_sold.pdf ) ; Council of Economic Advisors, Economic Report of the President, 2011, tableau B-73 http://www.gpoaccess.gov/eop/2011/xls/ERP-2011-table73.xls  para los tipos hipotecarios.

En un primer momento, el precio de las viviendas aumentó con intensidad hasta 1978, año en el que se llegó a un pico de crecimiento anual del 14,4%. Fue también un periodo de fuerte inflación general (es decir, de subida de los precios). Los tipos de interés, incluidos los de los créditos inmobiliarios, estaban igualmente en alza. Llegaron a su máximo en 1982 con un tipo medio del 15,1%.

En un segundo momento se constata un descenso en el alza del precio de la vivienda. Hasta 2003, esa subida casi nunca superó el 5%. Pero, a partir de ese momento, sobrevino la aceleración: +5,7% en 2003, +7,9% en 2004, +7,8% en 2005. Y eso que los tipos de interés hipotecarios no dejaron de bajar: 10% a finales de los ochenta, 7% hasta 2001 y por debajo del 6% entre 2003 y 2005.

La subida del precio de la vivienda normalmente debería ser inferior al tipo de interés aplicado. Habitualmente es lo que ocurre. Salvo durante el periodo de inestabilidad monetaria de finales de los años setenta, y entre 2003 y 2005: una época donde, por una parte, las autoridades monetarias, que debían lidiar con el crac bursátil de 2000-2001, mantuvieron los tipos de interés muy bajos; y por otra parte, la especulación, que se volvía hacia el mercado inmobiliario, provocó la subida del precio de la vivienda.

En definitiva representaba un mecanismo de crecimiento que se sustentaba a sí mismo: un particular, incluso en una situación de insolvencia notoria, podía pedir prestados 100.000 dólares para financiar la compra de una casa. De media, debía pagar un interés al 6%, es decir 6.000 dólares (o incluso menos), mientras que el valor de su residencia habría aumentado un 8%, es decir 8.000 dólares (o incluso más). Beneficio de la operación: 2.000 dólares como mínimo. Se entienden ahora los argumentos de los agentes inmobiliarios para convencer a los futuros compradores: aunque no consiguieran pagar los intereses,  siempre ganarían algo revendiendo su casa. La rápida subida de los precios atrajo también a especuladores que invirtieron en el sector inmobiliario. En 2005, la asociación nacional de los promotores inmobiliarios estimó que el 27,7% de las compras de viviendas fueron realizadas por estos especuladores, mientras que antes, por regla general, rara vez superaba el 10%[xiii].

La tasa de propiedad empezó a disminuir ligeramente en 2004, pero las subprime compensaban esta disminución. En 2005 y 2006, los créditos de alto riesgo suponían un 30% de los nuevos créditos hipotecarios[xiv]. En 2007, se calcula que el saldo de las subprime era de 1,4 billones de dólares, es decir, cerca del 13% de los créditos inmobiliarios[xv]. El mercado seguía creciendo.

El punto de inflexión se produce en 2006: el precio de la vivienda se estanca, luego cae, y los tipos bajos de la Reserva Federal vuelven a subir con fuerza, del 1% de comienzos de 2004 al 5,25% en 2006. El siguiente gráfico 1.3 muestra la curva de compra de vivienda nueva por parte de las familias americanas desde 1963.

Gráfico 1.3. Evolución de las residencias nuevas vendidas a particulares en Estados Unidos 1964 – 2010 (en miles)

US Census Bureau, New One-Family Houses Sold http://www. census.gov/ftp/pub/const/sold_cust.xls.

Hasta 1997, aun en periodos de estancamiento, se había mantenido una horquilla de 800.000 viviendas compradas al año. En 2005, se llegó incluso a un récord: 1.283.000 viviendas compradas.

Esto hizo que la caída fuese más dolorosa. En 2006 las ventas bajaron un 18%, un 26% en 2007 e incluso un 38% en 2008. En 2010, el número de viviendas vendidas no llegaba a un cuarto de las de 2005. De la misma manera que la especulación había provocado una espiral hacia el alza, esta vez llevó al mercado hacia el abismo.

En 2006, el número de inmuebles “abandonados” creció en un 4,7%, una progresión insólita desde 1990. En 2007, la subida llegó incluso al 7,4%. La tasa de hogares no habitados con respecto al total de viviendas pasó del 3,7% en 1993 al 7% en 2000, y al 10% a partir de 2005.

En ese momento el milagro americano se transforma en pesadilla. No sólo el precio de la vivienda dejó de subir, sino que cada vez era más y más difícil revender. Los hogares que tenían dificultades para pagar cayeron en la trampa, más aun cuando los tipos de interés variable incrementaban los importes que debían pagar. Los clientes “subprime” fueron los primeros en dejar  de pagar, pero otras categorías se vieron también amenazadas, sobre todo las llamadas “Alt-A”, compuestas por familias en principio solventes, pero con ingresos irregulares. A final de cuentas estas familias representaban un segmento aún más importante que los subprime.

Todo esto condujo a una orgía de expropiaciones. El número de ejecuciones de hipoteca pasó de 885.000 en 2005 a 1,3 millones en 2006, y casi 4 millones en 2009. Se multiplicaron por cuatro en tres años. En 1982, 0,4% de las viviendas eran objeto de este procedimiento judicial. En 1990, ya se había llegado al 1%[xvi]. Pero en 2009 se llegó al 2,2%: una de cada 45 viviendas[xvii]. Y todavía no ha terminado. La Comisión nacional sobre la crisis financiera calcula en cuatro millones el número de familias que han perdido su hogar por culpa de la crisis y en cuatro millones y medio más el de las familias que están siendo objeto de un procedimiento de ejecución de hipoteca o a punto de iniciarlo[xviii].

El futuro que le espera a quienes no pueden pagar su crédito es poco envidiable. La cantidad percibida por la reventa de la casa suele ser inferior al total del préstamo más los intereses. Las escenas de desahucios han dado la vuelta al mundo: como en Cleveland, donde la policía se dedica a expulsar a los pobres de su casa para hacer cumplir la ley hipotecaria, o en California, donde se ha visto a funcionarios subastar en la acera misma casas aún habitadas, dejando al nuevo propietario ejercer su derecho para tomar posesión de su bien…

¿Subprime belga o europeo?

En Bélgica y en Europa, con la subida ininterrumpida del sector inmobiliario desde hace diez años, a los trabajadores cada vez les resulta más difícil adquirir una vivienda. Los precios de las viviendas han escalado de media un 50% durante los cuatro últimos años hasta llegar a un precio medio de 160.000 euros.

Desde principios de 2000 a principios de 2008, los precios de la vivienda han aumentado un 146% en España, 112% en Francia, 109% en Gran Bretaña, 91% en Irlanda, 77% en Italia… En términos reales (es decir, descontando la inflación), la progresión sigue siendo importante en España (una subida del 91%), Gran Bretaña (82%) y Francia (81%).

Un estudio de Immotheker, llevado a cabo por Het Nieuwsblad, concluyó que para una persona sola ya es prácticamente imposible conseguir un préstamo hipotecario, y lo mismo para casi la mitad de parejas con dos fuentes de ingresos. En 2003, la proporción de parejas que podían permitirse comprar su casa era del 66% (14,2% para los solteros). En Bélgica, los últimos estudios apuntan a una sobrevaloración media de las casas del 17%. En Irlanda y Gran Bretaña, la sobrevaloración es del 20% al 30%, en Francia, Italia, España y los Países Bajos, se calcula entre un 10% y un 20%.

En vista de la bajada generalizada de los ingresos, una de las soluciones propuestas por los bancos belgas es prolongar la duración de los préstamos hipotecarios. Si se paga durante más tiempo, se paga menos cada mes, pero la suma total reembolsada será mucho más grande. La duración media de los préstamos solía ser de 20 años. Pronto pasó a 25 años con una proporción, aún pequeña, de créditos a 30 años. Los préstamos a 40 años son todavía poco frecuentes, ya que la ley exige que la totalidad del préstamo se devuelva antes de la jubilación. Estos préstamos a 40 años son cada vez más comunes en Francia o en Italia.

Y Francia sigue incentivando la propiedad. La llamada ley Borloo de programación para la cohesión social, aprobada el 18 de enero de 2005, incluye un apartado sobre vivienda que tiene como objetivo facilitar el acceso a la propiedad fomentando la vivienda a 100.000 euros. Sarkozy declaraba en 2006, cuando era tan solo candidato a las elecciones presidenciales: “Quiero desarrollar el crédito hipotecario en Francia. Es lo que ha permitido mantener el crecimiento económico en Estados Unidos”.

La legislación belga veta los préstamos “subprime”, algo generalizado en casi todos los países europeos. En Europa, la solvencia del trabajador (la capacidad de devolver el crédito) debe, en principio, demostrarse. Además en Bélgica los tipos variables sólo pueden revisarse a la baja o al alza cada cinco años, y según un margen de -2% a +2%. En cambio, los tipos variables están muy en boga en otros países europeos. Se utilizan en el 95% de los nuevos préstamos hipotecarios concedidos en 2005 en Portugal, 93% en España y Finlandia, 85% en Irlanda y 78% en Italia.

La mayoría de créditos titulizados se encuentran en Estados Unidos: 60% frente a sólo el 15% en Europa. No obstante, el endeudamiento inmobiliario de los hogares es especialmente importante en algunos países europeos: supone el 90% del PIB en Dinamarca, 67% en los Países Bajos, 65% en Irlanda, 60% en Gran Bretaña (75% en Estados Unidos). El ratio deuda-renta disponible de los hogares también es a veces muy elevado: en 2005, 260% en Dinamarca, 246% en los Países Bajos, 159% en Gran Bretaña (frente a un 135% en Estados Unidos). En otras palabras, situaciones sociales cercanas a la inestabilidad.

Sobre todo teniendo en cuenta que no se ha previsto nada en caso de que los ingresos del hogar desciendan por culpa del paro, enfermedad, invalidez o divorcio. La ley debería contemplar algún tipo de moratoria en esos casos. Las mensualidades deberían adaptarse automáticamente a los nuevos ingresos. De igual forma, en caso de huelga de larga duración en su empresa, se deberían aplazar las mensualidades del trabajador hasta el final del conflicto.

1.3 El estallido de los acontecimientos

Este drama humano y social también tiene consecuencias en el sistema bancario y financiero. Si gran cantidad de prestatarios no pueden pagar, los impagos repercuten en las firmas que han prestado y asegurado los créditos: bancos, sociedades financieras, compañías de seguros…

Ya en junio de 2005, el semanario financiero británico, The Economist, calculaba en cerca de 30 billones de dólares la burbuja inmobiliaria que se estaba formando. Concluía afirmando que se trataba de “la mayor burbuja financiera de la historia[xix]”. Los activos de los cincuenta establecimientos financieros más grandes del mundo se multiplicaron por cuatro entre 1996 y 2007. ¿Cómo es posible? Y, sobre todo, ¿es razonable pensar que esta situación pudiera continuar así mientras el PIB mundial real, entre 1993 y 2007, no había aumentado más que un 3,2% de media anual?

Es una pregunta sensata, pero el afán de lucro siempre es más fuerte. Como dice James Dimon, presidente desde 1994 de JP Morgan Chase: “En el mundo de las finanzas de hoy en día, hay que ser valiente para no correr un riesgo que te pueda reportar dinero[xx]”. Y Charles Prince, presidente de Citigroup desde 2003 a 2007[xxi], añadió, en vísperas de la crisis: “Cuando se pare la música, en términos de liquidez, las cosas se pondrán difíciles. Pero mientras suene la música, hay que levantarse y bailar. Nosotros por el momento, seguimos bailando[xxii]”.

El problema es pues saber en que momento la orquesta acabará su pieza, porque en ese momento se desatará el pánico. Hoy todo el mundo vende y ya nadie compra. Las cotizaciones se hunden. Y es demasiado tarde. La burbuja ya ha estallado. Retrospectivamente, se puede afirmar que sucedió a finales de 2006.

En aquella época, los precios empezaron a estancarse por un simple efecto de la oferta y la demanda: el número de propietarios decreció (gráfico 1.1), la oferta era superabundante (gráfico 1.3), los precios cayeron (gráfico 1.2). El sistema sólo funciona gracias a un aumento perpetuo, o si es posible, una aceleración, de la demanda. Una vez que ésta se frena, arrastra en su caída no sólo al mercado inmobiliario, sino a quien lo alimentó: el conjunto de la red bancaria.

Los primeros síntomas del hundimiento llegaron a principios del 2007 con el cierre de algunos bancos hipotecarios. La New Century, número dos de los préstamos subprime, quebró en abril. En septiembre, Northern Rock, fundado en los años sesenta en Gran Bretaña, y uno de los acreedores inmobiliarios más grandes del país, quedaba también sin liquidez.

Lo que siguió recuerda a los años treinta: largas colas a la puerta de los bancos británicos, gente preocupada queriendo sacar su dinero de una institución en riesgo de quiebra, y que al hacerlo, precipitan su caída. De hecho Inglaterra no había vivido nunca una situación parecida en todo el siglo XX. Hay que remontarse a 1866 para ver una cola semejante. El 17 de septiembre, los clientes retiraron el equivalente a 2.000 millones de libras[xxiii]. El Banco de Inglaterra concedió la liquidez necesaria y el gobierno hizo declaraciones que aseguraban que los depósitos no estaban en absoluto amenazados. Northern Rock terminaría siendo nacionalizada.

La Reserva Federal (FED[xxiv]) bajó su tipo de interés básico – tipo de referencia – del 6,25% en junio de 2007 al 3,5% el 22 de abril de 2008. No sirvió para nada. La crisis se consolidaba . En marzo de 2008, el banco de inversiones más comprometido con las subprime y la titulización, Bear Stearns, estaba al borde de la bancarrota. Nacido en 1923, nunca había vivido pérdidas a lo largo de sus 84 años de historia. Incluso había sido declarada por Fortune, en 2005, 2006 y 2007, como el banco de negocios[xxv] más admirado de Estados Unidos, por delante de las prestigiosas Goldman Sachs, Morgan Stanley y Merrill Lynch.

La reserva federal americana se sentía atrapada, temiendo un efecto dominó: Bear Stearns estaba muy implicado en todo el sistema financiero americano. Pero es que además, si un banco A, que ha prestado dinero a un banco B, que a su vez ha prestado a un banco C, no puede devolver el dinero al banco B, éste tampoco podrá devolverlo al banco C, quien a su vez tendrá difícil asumir sus responsabilidades frente a sus propios clientes. Sería el desmoronamiento de todo el sistema.

La FED propuso entonces una solución que parecía una nacionalización, pero que no lo era. Recuperó cerca de 29.000 millones de dólares de los créditos dudosos. Al mismo tiempo, favoreció la recompra de las actividades restantes por parte de JP Morgan Chase por sólo 1.000 millones de dólares (en realidad 1.200 millones), la cual, obviamente, aceptó. Aparentemente se había salvado el escollo. Hank Paulson, secretario del Tesoro, declaraba: “Creo de verdad que ya hemos pasado lo peor[xxvi]”. Se equivocaba.

A finales del verano de 2008, los dos organismos encargados de ofrecer la garantía del estado sobre los préstamos hipotecarios (que sin embargo eran compañías privadas), Freddie Mac y Fannie Mae, estaban en el ojo del huracán. El primero había obtenido hasta 10.000 millones de dólares de beneficios en 2002 y había repartido 1.500 millones en forma de dividendos a sus accionistas privados en 2006 y 2007. El segundo registró 8.000 millones de beneficio en 2003 y repartió 2.500 millones a sus propietarios en 2007. Y sin embargo no podían suplir la gran cantidad de créditos impagados. El 7 de septiembre, Hank Paulson decidió ponerlos bajo tutela pública. El estado se responsabilizaba de ellos, garantizando los préstamos y adquiriendo una participación mayoritaria en Freddie Mac y Fannie Mae (cerca del 80%) El coste de la intervención osciló entre 40.000 y 200.000 millones de dólares[xxvii].

Y eso no es nada. Lehman Brothers, una de las principales instituciones de la Bolsa de Nueva York,  entró en quiebra el 15 de septiembre. Creada en 1850 por los hermanos Lehman, inmigrantes judíos alemanes, este banco había experimentado un ascenso en los negocios casi exponencial. Sus beneficios netos habían pasado de 75 millones de dólares en 1994 a 763 millones en 1998, antes de escalar a más de 4.000 millones en 2006 y 2007.

Hank Paulson, el secretario del Tesoro, tras prestar auxilio a Bear Stearns, Fannie Mae y Freddie Mac, anunció públicamente ante la audiencia de Wall Street que no habría rescate para Lehman Brothers[xxviii]. Su opinión, que era también la del gobierno, era constituir un pool bancario privado que financiase los créditos tóxicos. Pero no en este caso.

Lehman Brothers poseía 691.000 millones de dólares en activos. Inmediatamente se desató el pánico en los mercados financieros: el gobierno norteamericano estaba dejando hundirse a un banco histórico sin reaccionar. Y si una institución como Lehman Brothers se podía ir a pique, eso quería decir que le podía pasar a cualquier otra.  Sobre todo sabiendo que las cuentas de las sociedades financieras eran bastante opacas. ¿Cómo se podía saber si determinada compañía no estaba excesivamente implicada en las subprime? En quince días, incluso menos, un banco en apariencia sólido había resultado ser un pozo sin fondo.

Mientras que los gobiernos de los distintos países no dejaban de hacer llamamientos a la población para que confiasen en el sistema bancario, con el fin de evitar retiradas masivas de fondos y depósitos, la desconfianza absoluta se instalaba entre bancos y sociedades financieras. La prudencia y la duda se generalizaron en el mundo de los negocios.

Paul Krugman, premio Nobel de economía en 2008, escribía: “Henry Paulson, secretario del Tesoro, ha sido categórico. No ha querido adoucir la note  poniendo sobre la mesa nuevos fondos públicos. Mucha gente pensaba que estaba tirándose un farol. Yo incluso estaba a punto de empezar mi editorial del día con un “Si la vida le confía a Lehman, ayude a Lehman”. Pero parece que no ha habido ni ayuda, ni acuerdo. El señor Paulson parece apostar por que el sistema financiero, reforzado -hay que recalcarlo- por las líneas de crédito extraordinarias de la FED, podrá absorber la conmoción de la quiebra de Lehman. Pronto sabremos si ha sido valiente o insensato […] Y aquí estamos de nuevo con el señor Paulson, que parece que ha creído que su mejor opción consistía en jugar a la ruleta rusa con el sistema financiero americano. ¡Ay, ay, ay![xxix]” Los temores del economista resultaron ser fundados.

Menos de dos días después del naufragio de Lehman Brothers, la compañía de seguros más grande de Estados Unidos, AIG (American International Group), estaba al borde del abismo. Necesitaba urgentemente un crédito de 85.000 millones de dólares que, en vista de lo sucedido, ninguna sociedad financiera quería concederle. En este caso las autoridades no pensaban dejar que la nave se hundiese. Más tratándose de un “Titanic”: AIG contaba con 74 millones de clientes en todo el mundo, en su mayor parte americanos, que se verían sin seguro en caso de quiebra de la compañía; por otra parte, daba trabajo a 116.000 personas en 130 países[xxx]. A finales de 2008, AIG declaró una pérdida neta total de 100.000 millones de dólares. ¡Una catástrofe!

“No se trata sólo de la quiebra de una compañía”, explicaba Julie Grandstaff, vicepresidente de StanCorp Investment Advisers, una empresa de asesoramiento financiero. “Son las repercusiones  de la desaparición de las contrapartidas lo que lleva a actuar para salvar a AIG[xxxi]”.  Y Kenneth Lewis, director general de Bank of America, precisaba “No conozco ningún gran banco que no esté expuesto de manera significativa a AIG[xxxii]”. De modo que los poderes públicos concedieron un préstamo de seguridad, pero recibieron como contrapartida una participación del 80% en AIG. Nos encontrábamos ante una nacionalización encubierta.

Al mismo tiempo, Washington Mutual, una caja de ahorros especializada en préstamos a pequeñas y medianas empresas y en créditos hipotecarios, entraba en quiebra, cerrando definitivamente el 25 de septiembre. Era, hasta el momento, la mayor quiebra americana. En 2006 y 2007 había repartido anualmente casi 2.000 millones de dólares de dividendos a sus accionistas. Se liquidaron sus activos, y los más rentables fueron adquiridos por JP Morgan Chase. También en el mismo periodo, Wachovia, el cuarto banco comercial del país, buscaba un comprador, y después de haber flirteado con Citigroup, lo encontró en Wells Fargo, una compañía del mismo tamaño (la número cinco del sector). Una transacción por valor de 15.000 millones de dólares[xxxiii]. También Merril Lynch, el tercer banco de negocios del país, tuvo que ser recomprada por Bank of America.

Un auténtico desastre. El paisaje financiero americano cambiaba trascendentalmente. Paul Krugman concluye: “Los inversores se han visto atrapados por el hundimiento de Lehman. Como escribió el Times, Lehman se convirtió en una “ratonera para los inversores de Wall Street: entraron, pero ya no pueden salir”.  En los mercados financieros su final sembró un pánico que no ha dejado de crecer desde entonces. Los termómetros del estrés financiero subieron vertiginosamente, marcando una fiebre altísima, y piezas fundamentales del sector financiero vieron desaparecer toda actividad de la noche a la mañana[xxxiv].”

El pánico llegó a Europa, aunque aquí la implicación en los préstamos subprime había sido más moderada, y la especulación financiera tenía menos impacto que en Estados Unidos, lo cual llevó a Jean-Claude Juncker, primer ministro luxemburgués, a decir a mediados de septiembre: “No se puede afirmar que Europa esté a punto de la recesión, no es cierto[xxxv].” Y Didier Reynders, ministro de Economía belga, declaró confiado, a propósito de las cifras económicas belgas presentadas a principios de septiembre: “No es una sorpresa. Tampoco es una recesión. Estamos a niveles de crecimiento como los vividos entre 2002 y 2005, estas previsiones cumplen las previsiones europeas y sitúan a Bélgica a un nivel comparable a sus vecinos europeos, o incluso mejor[xxxvi].” Algunos días más tarde añadió que no había “ningún riesgo nuevo especial que justifique nuevas preocupaciones acerca de las instituciones financieras belgas, ni de riesgo para los ahorradores[xxxvii].”

Declaraciones muy optimistas, sobre todo teniendo en cuenta que los bancos europeos poseían más de 8 billones de activos en dólares[xxxviii]. Y los préstamos interbancarios en el Viejo Continente tenían una importancia esencial. Representaban, por ejemplo, entre un cuarto y un quinto del balance de una compañía como Fortis, o incluso el 30% de Dexia. Se trata de créditos a menudo a muy corto plazo. Imaginen que no llegan y desaparece un 25% o un 30% de la financiación de los préstamos.

Es lo que le sucedió a estos dos bancos belgas (o de mayoría belga), Fortis y Dexia. Fortis tenía una cartera de activos dudosos ligados a las subprime estimado en aquella época en unos 5.300 millones de dólares[xxxix]. Los dos bancos de hecho presentaban un riesgo notable de falta de liquidez. Los estados belga, holandés y luxemburgués tuvieron que inyectar 11.200 millones de euros (unos 16.000 millones de dólares) para salvar a Fortis. Dexia recibió unos 6.400 millones de euros (9.000 millones de dólares) de ayuda de parte de los estados belga, francés y luxemburgués.

Pero Bélgica no era la única afectada. En Gran Bretaña, el gobierno tuvo que salvar a la caja hipotecaria Bradford & Bingley. En Alemania el estado se vio obligado a garantizar un crédito de 52.000 millones de euros a Hypo Real Estate (HRE), un organismo que presta a las comunidades locales y a los prestatarios inmobiliarios. La situación se anunciaba todavía más catastrófica en Irlanda. El gobierno de Dublín anunció que garantizaría durante dos años la totalidad de los depósitos de los seis grandes bancos del país, para evitarles cualquier problema de liquidez. Una bagatela que salía cara: 400.000 millones de euros (560.000 millones de dólares), ¡dos veces el PIB irlandés! A continuación, el gobierno de Berlín prometió garantizar de manera ilimitada las cuentas corrientes, libretas de ahorro y depósitos a largo plazo alojados en bancos alemanes, un compromiso estimado en 568.000 millones de euros (795.000 millones de dólares)[xl].

¿Y qué decir de Islandia y Hungría? La pequeña isla de 320.000 habitantes se había desarrollado gracias al crédito. En 2003 la deuda bancaria se elevaba al 100% del PIB nacional, pero cuatro años y medio más tarde, se acercaba ya al 1000%[xli]. En este clima de sospecha generalizada se desató el pánico. En una semana el índice bursátil perdió el 80% y la corona islandesa el 70% de su valor. En estas condiciones, el gobierno de Reykjavik fue nacionalizando poco a poco los diferentes bancos del país. Rusia, preocupada por la debilidad del país, le prestó inmediatamente 5.500 millones de dólares[xlii]. Más tarde, sería el FMI quien tuvo que conceder un crédito de 2.100 millones de dólares.

Mismos problemas, y mismo proceso en Hungría. Una economía que hacía no mucho era presentada como modelo para el resto de países de Europa Central, y que sin embargo se encontraba terriblemente endeudada: los poderes públicos tienen una deuda que supone el 67% del PIB y la deuda exterior había pasado del 62% de ese mismo PIB en 2003 al 97% en 2007[xliii]. Algo imperdonable. El FMI, junto con otros, tuvo que aportar 25.000 millones de dólares para detener la hemorragia y la caída vertiginosa de la economía. Pero la epidemia no dejó de propagarse. Poco después, Ucrania pidió una ayuda financiera de 16.000 millones de dólares. Luego le llegaría el turno de los países bálticos. En escasos meses, el FMI se vio obligado a aprobar créditos de urgencia para Hungría[xliv], Ucrania, Islandia, Bielorrusia y Letonia por un valor de 39.000 millones de dólares[xlv]. Entre 2007 y 2010 Letonia perdió el 22% de su PIB en términos reales (es decir, sin contar la subida de los precios).

El sistema financiero mundial estaba conmocionado. François Fillon, primer ministro francés, concluye: “La quiebra de Lehman Brothers debía purgar el sistema. <En cambio> ¡ha destruido su esencia, la confianza[xlvi]!”. Un asesor del Elíseo añade: “Estamos al borde del precipicio. Nadie sabe a dónde nos dirigimos, y los que digan lo contrario mienten[xlvii].”

La administración Bush titubeaba. Hank Paulson no dejaba de repetir que le gustaría dejar actuar al mercado, dejar que se autorregulase. Pero hacerlo se había vuelto imposible. Las consecuencias serían desastrosas, para los propios inversores en primer lugar. Propuso entonces un plan de 700.000 millones de dólares, llamado TARP (Trouble Asset Relief Program, programa de ayuda para los activos dudosos) para recomprar los créditos “podridos”.

De los 350.000 millones de dólares liberados en un primer momento, 250 se dedicaron a la compra de acciones (antiguas o emitidas recientemente) de las sociedades financieras. La forma utilizada era la emisión de acciones privilegiadas que no daban ningún derecho a voto en las juntas de accionistas, pero que aseguraban el pago de dividendos a los cinco años. De esta manera el control de los bancos quedaba en manos privadas: ¡el honor americano estaba a salvo!

La Unión Europea, por su parte, concedió una suma potencial anunciada (es decir, no necesariamente utilizada al 100%) de más de 2 billones de euros (alrededor de 2,8 billones de dólares), de los cuales un poco menos de 300.000 millones podían ser inyectados directamente en el capital de los bancos (400.000 millones de dólares). Por lo menos para los 15 países occidentales.

Una vez que el sistema financiero estuvo abastecido, pronto se reveló que iba a ser insuficiente. Había que reactivar también el consumo de los hogares y la economía. La administración Bush dejó este proyecto al futuro presidente Obama, quien integró las diferentes propuestas en un amplio paquete de ayuda económica de 787.000 millones de dólares. Europa le siguió con un programa de 200.000 millones de euros (cerca de 280.000 millones de dólares).

1.4 De las subprime a la crisis generalizada

La crisis – y la descripción que hemos hecho hasta ahora parece mostrarlo así –  podría interpretarse como una cadena de acontecimientos, un cúmulo de circunstancias desafortunadas, desatado y desarrollado en la esfera financiera, y con repercusiones en la economía “real”.

“La crisis afectó en un primer momento a las subprime en marzo de 2007, más tarde, en julio y agosto de 2007, fue el turno de los mercados monetarios, el sector inmobiliario de oficinas y las instituciones financieras; después, a principios de 2008, vinieron el immobilier prime y el credit corporate[xlviii]; finalmente, en septiembre de 2008, las economías emergentes fueron las últimas afectadas[xlix]”. Todo se encadena.

Sin embargo, aún quedan muchas preguntas por responder. Empezando por la de saber cómo un sector tan limitado como el de las subprime pudo causar semejantes estragos. Como afirman los asesores económicos del primer ministro francés: “[Las subprime] no representan más de un billón de dólares. Compárese con la capitalización bursátil en Estados Unidos, que es de 20 billones, o el patrimonio de los hogares americanos, que asciende a casi 60 billones de dólares. ¿Por qué la crisis ha llegado a tener estas dimensiones[l]?” Después de todo, con los 3,5 billones de dólares prestados en occidente para proteger a los bancos, el estado habría podido directamente reembolsar todos los créditos subprime y así evitar la crisis. ¿Por qué no lo ha hecho? Nadie responde con franqueza a esta pregunta.

Según Marie-Paul Virard, se trataría simplemente de una falta de regulación. El mundo de las finanzas, sometido a vigilancia en los años treinta, estaría de nuevo descontrolado[li]. Se habría vuelto a otorgar a sí mismo un “permiso para devastar”, según la expresión de John Galbraith[lii]. ¿Y cómo es que, conociendo las consecuencias desastrosas de esa falta de control, se ha dejado actuar así al capital financiero?

En un artículo reciente, Patrick Artus[liii] acusa a la mundialización financiera de dejar que la epidemia se expandiese. De este modo se podría entender por qué la recesión ha sido posible hoy en día pero no hace diez años. Ya en 1997, cuando las disfunciones estaban en su punto álgido en los países asiáticos, se había necesitado ingenio a raudales para evitar que la hemorragia llegara a las plazas bursátiles occidentales. Y aunque hoy en día el incendio se ha desatado en la sala de máquinas, en el mismo Estados Unidos, queda saber por qué se repiten tanto unas crisis que son capaces de originar semejantes catástrofes económicas y sociales.

Para los autores del CAE (Consejo de análisis económico del primer ministro), se trata de un problema de inyección monetaria: “El punto de partida nos parece el exceso de liquidez a nivel mundial[liv].” De nuevo una tesis monetarista[lv]: toda crisis es de orden monetario, pero ¿por qué en un momento determinado se regala tanto dinero?

Patrick Artus, uno de los responsables del informe, precisa: “Sin la subida de la deuda de los hogares, el crecimiento en la zona euro habría sido cero desde 2002”. Y Pierre Larrouturou, que lo cita, añade: “En Gran Bretaña la deuda de los hogares supera el 160% de la renta disponible. Un estudio reciente demuestra que, sin aumento de la deuda de los hogares, Gran Bretaña habría entrado en recesión ya en 2002[lvi]” He aquí una reflexión interesante, que apunta que la deuda, que no deja de ser una forma particular de creación monetaria, tuvo como consecuencia el poder evitar una crisis más temprana.

Además uno de los dos autores del CAE, Patrick Artus y Olivier Pastré, en un libro más reciente, afirma: “esta crisis no es tanto una crisis financiera como una crisis de la economía real. […] Y por tanto la salida de la crisis no se podrá llevar a cabo aplicando a las finanzas remedios caseros totalmente ineficaces. Esta es una crisis sistémica[lvii].” Hacemos nuestras estas palabras. Pero esto nos obliga a remontarnos en el tiempo para entender por qué no se trata en modo alguno de una simple crisis financiera pasajera, tal  como nos la presentan.

Las subprime, la crisis inmobiliaria o incluso, de manera más amplia, lo que ha sucedido en los mercados financieros, son los desencadenantes de la recesión. Alan Greenspan, el antiguo presidente de la Reserva Federal, afirma “La crisis era un accidente condenado a producirse. Si no se hubiese desencadenado por la infravaloración de los préstamos inmobiliarios titulizados, lo habría hecho por las erupciones en otros mercados[1].” Nos vemos tentados a seguirlo en este sentido.

1.5 Conclusiones

Sin duda, el mecanismo de desencadenamiento de la crisis es interesante de analizar, ya que evidencia la avidez, cuando no directamente rapacidad, del mundo financiero. Todo vale para ganar dinero y cuando esto se vuelve imposible e ingestionable, se le endosa el asunto al estado, que como buen servidor tal vez proteste un poco, pero al final cumple.

Está bien visto criticar a los mercados financieros, exuberantes, desenfrenados, incontrolados e incontrolables. Pero en esencia, no son más que un elemento desencadenante; son el síntoma de algo más grave y profundo. Cuando el endeudamiento de los hogares se convierte en pieza central del modelo de crecimiento, entonces es que hay un problema de fondo. ¿No se debería buscar en esa dirección para encontrar una explicación más real que la que aparece en la superficie?

 

 


[1]   Alan Greenspan, « The Roots of Mortgage Crisis », The Wall Street Journal, 12 de diciembre de 2007

(http://opinionjournal.com/editorial/feature.html?id=110010981). Nous avons repris la traduction

donnée par Paul Jorion dans Contre Info (http://contreinfo.info/article.php3?id_article=1524).


[i]           Olivier Pastré et Jean-Marc Sylvestre, Le roman vrai de la crise financière, Perrin, Paris, 2008,

p. 16.

[ii]          Olivier Pastré et Jean-Marc Sylvestre, op. cit., p. 18.

[iii]         No vamos a volver aquí sobre la crisis de las subprime que ya ha sido tratada en numerosas obras específicas, tan sólo dar algunos elementos clave para comprenderla y situarla en un contexto más amplio.

[iv]         Paul Jorion, L’implosion : La finance contre l’économie, Fayard, Paris, 2008, p. 65.

[v]          Michel Aglietta et Sandra Rigot, Crise et rénovation de la finance, Éditions Odile Jacob, Paris,

2009, p. 34.

[vi]         Martin Neil Baily, Douglas Elmendorf et Robert Litan, « The Great Credit Squeeze : How It

Happened, How to Prevent Another ? », Brookings Economic Studies, 16 mai 2008, p. 18 (http://

www.brookings.edu/~/media/Files/rc/papers/2008/0516_credit_squeeze/0516_….

pdf).

[vii]        Paul Jorion, L’implosion, op. cit., p. 287

[viii]       Frans Meel, « Country Insight : Belgium », EMF Quaterly Review, p. 5 (http://www.hypo.org/

DocShareNoFrame/docs/3/MHJHKDFADAGNBNDIIPHEHEFHPDBW9DBY2DTE4Q/EMF/

Docs/DLS/2008-00250.pdf)

[ix]         Peter Hoeller et David Rae, « Housing markets and Adjusment in Monetary Union », OECD

(OCDE), Economics Department Working Paper no 550, 17 avril 2007, p. 16 (http://www.olis.oecd.

org/olis/2007doc.nsf/LinkTo/NT00000F62/$FILE/JT03225642.PDF).

[x]          Literalmente significa “depósito de ideas”. Un think tank es un grupo de reflexión que tiene por objeto influir al poder sobre determinados asuntos.

[xi]         Paul Jorion, L’implosion, op. cit., p. 24

[xii]        Paul Jorion, Vers la crise du capitalisme américain? La Découverte, Paris, 2007, p. 9

[xiii]       André Orléan, De l’euphorie à la panique : penser la crise financière, Rue d’Ulm/Presses de l’École

normale supérieure, Paris, 2009, p. 20 (http://www.cepremap.ens.fr/depot/opus/OPUS16.pdf).

[xiv]       Gary Gorton, « The Panic of 2007 », Federal Reserve Bank of Kansas City, Jackson Hole

Conference, août 2008, p. 8 (publié en septembre 2008 comme NBER Working Papers, http://

www.kc.frb.org/publicat/sympos/2008/gorton.08.04.08.pdf).

[xv]        Olivier Pastré et Jean-Marc Sylvestre, op. cit., p. 19.

[xvi]       Paul Jorion, L’implosion, op. cit., p. 83.

[xvii]      Cifras extraídas de Realty Track, Foreclosures News and Trends Center (http://www.realtytrac. com/news-trends/).

[xviii]     Financial Crisis Inquiry Commission, The Financial Crisis Inquiry Report, Official Government

Edition, janvier 2011, p.XV : http://www.gpoaccess.gov/fcic/fcic.pdf.

[xix]        The Economist, 18 junio de 2005, p. 11, citado en André Orléan, op. cit., p. 17.

[xx]         Citado en Hakim Ben Hammouda, Hédi Bchir et Mustapha Sadni Jallab, op. cit., p. 63.

[xxi]        Se vio obligado a dimitir a causa de la crisis de las subprime y de la implicación de Citigroup en ese sector.

[xxii]       Financial Times, 10 de julio de 2007, citado en  André Orléan, op. cit., p. 66.

[xxiii]      Paul Jorion, La crise : Des subprimes au séisme financier planétaire, Fayard, Paris, 2008, p. 129.

[xxiv]      Federal Reserve, el banco central estadounidense

[xxv]       Un banco de negocios es un establecimiento que gestiona cuentas y que puede intervenir en Bolsa comprando títulos. Se diferencia de un banco comercial en que no efectúa préstamos ni depósitos.

[xxvi]      Le Monde, 11 de mayo de 2008.

[xxvii]     Le Monde, 9 de septiembre de 2008.

[xxviii]    William Cohan, « Paulson pulls the fire alarm », Fortune, 15 de diciembre de 2008 (http://money.cnn.com/2008/12/12/magazines/fortune/3days_2.fortune/)

[xxix]      Paul Krugman, « Ruleta rusa financiera », New York Times, 15 de septiembre de 2008, retomado en

Contre Info (http://contreinfo.info/article.php3?id_article=2164).

[xxx]       Les Échos, 16 de septiembre de 2008.

[xxxi]      International Herald Tribune, 16 de septiembre de 2008.

[xxxii]     Le Monde, 17 de septiembre de 2008.

[xxxiii]    Les Échos, 3 de octubre de 2008.

[xxxiv]    Paul Krugman, « Au bord du gouffre », New York Times, 2 octobre 2008, repris dans Contre Info

(http://contreinfo.info/article.php3?id_article=2220).

[xxxv]     Le Monde, 14 de septiembre de 2008.

[xxxvi]    Didier Reynders, « La Belgique n’est pas en récession », 13 de septiembre de 2008 (http://www.didier-

reynders.be/agenda/articles/annee-08/septembre/agenda-13-09-08_2.php).

[xxxvii]   Didier Reynders, « Crise financière : pas d’inquiétudes à avoir pour les institutions belges et

les épargnants », 17 septembre 2008 (http://www.didier-reynders.be/agenda/articles/annee-08/

septembre/agenda-17-09-08.php).

[xxxviii]  Banque des règlements internationaux (BRI), Rapport annuel 2009, p. 27 (http://www.bis.org/publ/arpdf/ar2009_2_fr.pdf).

[xxxix]    Le Soir, 6 de octubre de 2008

[xl]         Les Échos, 6 de octubre de 2008.

[xli]        Poul Thomsen, jefe de misión del FMI en Islandia, « Iceland Gets Help to Recover from

Crisis », IMF Survey Magazine, vol. 37, nº 12, diciembre de 2008, p. 186 (http://www.imf.org/external/

pubs/ft/survey/2008/123108.pdf).

[xlii]       Business Week, 9 de octubre de 2008.

[xliii]      IMF, Hungary : 2008 Article IV Consultation – Staff Report. Staff Supplement; and Public

Information Notice on the Executive Board Discussion, septiembre 2008 (http://www.imf.org/

external/pubs/ft/scr/2008/cr08313.pdf).

[xliv]      El FMI sólo aporta 16.000 millones de los 25.000 prestados a Budapest. La Unión Europea aporta 8.000 millones y el Banco Mundial los 1.000 millones restantes. Ver Dick Tanto (coord.) « The US Financial

Crisis : The Global Dimension with Implications for US Policy », Congressional Research Service , 30 de enero de 2009, p. 56.

[xlv]       Camilla Andersen, « IMF Helping Counter Crisis Fallout in Emerging Europe », IMF Survey Magazine, 14 de enero de 2009 (http://www.imf.org/external/pubs/ft/survey/so/2009/int011409a. htm).

[xlvi]      Le Monde, 4 de octubre de 2008.

[xlvii]     Le Monde, 1 de octubre de 2008.

[xlviii]    Crédito a las (grandes) empresas.

[xlix]       André Orléan, op. cit., p. 91.

[l]           Patrick Artus, Jean-Paul Betbèze, Christian de Boissieu et Gunther Capelle-Blancard, La crise des subprimes, Rapport du Conseil d’analyse économique du Premier ministre (français), septiembre de 2008, p. 12 (http://www.cae.gouv.fr/rapports/dl/078.pdf).

[li]          Marie-Paule Virard, La finance mène-t‐elle le monde?Larousse, Paris, 2008, p. 23.

[lii]         Idem, p. 24.

[liii]        Patrick Artus, « Pourquoi une contagion générale en 2008 et pas en 1998? Le rôle du levier

d’endettement et des flux de capitaux internationaux », Natixis Flash, no 316, 7 de julio de 2009.

[liv]        Patrick Artus, Jean-Paul Betbèze, Christian de Boissieu et Gunther Capelle-Blancard, op. Cit., p. 15.

[lv]         El monetarismo es una teoría económica que incide en que lo esencial de los fenómenos económicos es de orden monetario y que la intervención del estado es generalmente inútil, o incluso contraproducente. Está representada por Milton Friedman, que recibió el premio Nobel de Economía en 1976.

[lvi]        Pierre Larrouturou, « On a poussé les classes moyennes et les pauvres à s’endetter », Marianne, 24 de octubre de 2008, tomado de  Contre Info (http://contreinfo.info/article.php3?id_article=2279).

[lvii]       Patrick Artus et Olivier Pastré, Sorties de crise : Ce qu’on ne nous dit pas, ce qui nous attend, Perrin,

            Paris, 2009, p. 13.

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