¿Quién prevarica?


Francisco de Asís Fernández Junquera

En los últimos meses ha aparecido un tópico muy repetido que circula en algunos artículos de opinión, tertulias, “blogs” y demás foros, cuando se trata de los juicios contra el juez Garzón, consistente en dejar claro, antes de condenar la abominable cacería de que es objeto, que quien habla no es “fan” o seguidor del perseguido, aunque esté en contra de su linchamiento profesional, político y humano. Semejantes manifestaciones provienen sobre todo de los sectores de la izquierda más radical que, por lo visto, necesitan de ese trámite profiláctico para distanciarse de los aspectos ideológicos más “reformistas” que se atribuyen a Garzón y para escenificar su “coherente” lejanía de mesianismos y estrellatos profesionales.
Yo no siento esa necesidad. No es hora de remilgos, sino de compromisos, sin matiz ni reservas que distraigan de su claro objetivo. En su momento me dieron náuseas aquellos otros, esta vez desde el “pensamiento débil”, que, para denunciar los crímenes contra la humanidad de los bombardeos en Iraq o en Libia, necesitaban proclamar previamente que los líderes de aquellos Estados no eran santos de su devoción. Se trataba del consabido “ni….ni”, que tan señalados servicios prestó al imperialismo, disfrazado de ecuanimidad, equilibrio y exhibicionismo de “pedigree democrático”, por mor de preservar el prestigio de sus autores en el mercado intelectual regido por los bonzos del “pensamiento único”.
Se acabó el cuento. El asunto es muy gordo. No estamos en presencia de una nueva arbitrariedad judicial o de otra más de las frecuentes injusticias a que esa parte del Poder de clase que es el Poder judicial nos tiene acostumbrados (precisamente lo excepcional en el rebaño judicial, lo insólito e imperdonable son las ovejas negras que, por serlo, se ven incriminadas como lo fue el juez Garzón). Estamos en presencia de toda una tragedia (en el sentido clásico del término y con su”fatum” incluido) que escenifica con una apabullante carga pedagógica el paradigma de la formación social tardocapitalista y su elemento estructuralmente inseparable, la corrupción transversal del sistema que, en este caso, lo es también del régimen de la restauración postfranquista y de sus aparatos, incluido el judicial.
¿Qué está sucediendo en nuestras propias narices?
Bueno, hay una sociedad en la que mandan los grandes propietarios, nietos de aquellos grandes propietarios que, al ver peligrar su “status”, llevaron al país a un baño de sangre espeluznante que convirtió el territorio español en una interminable fosa común. El mamporrero mayor de aquel engendro murió dejando bien atado lo importante: la gran propiedad de los grandes propietarios. Y para presidir el atadijo nombró un continuador disfrazado con corona. Los tiempos habían cambiado y los hijos de los de las pistolas, que todavía mandan y son padres de los nietos que empiezan a mandar, se marcaron la “transición modélica” con el disfrazado al frente, promulgaron una Ley de Amnistía, que era de Punto Final y se inflaron a ganar dinero, construyendo adosados encima mismo de las fosas comunes y blanqueando el dinero, de unas drogas con las que, de paso, castraban cualquier germen de rebeldía y generalizaban en todo el reino el estereotipo del joven “colgado”.
Como lo del fascio a la antigua ya no estaba bien visto, le dieron dos sopapos a Tejero y a Miláns, y al disfrazado, por lo visto, le leyeron la cartilla, porque, después de tantas alharacas democráticas, se terminan publicando unos papeles del “Foreing Office” que recogen la regia “comprensión” hacia los bienintencionados pero anacrónicos golpistas. (Hay que fastidiarse).
En seguida, algunos de aquellos hijos-padres y de los nietos más aventajados descubrieron que la especulación y el pelotazo daba mucha más ganancia fácil e inmediata que la inversión productiva en fábricas de bienes, producción de servicios necesarios o explotación de tierras y se dedicaron durante lustros a hinchar burbujas varias, especialmente la inmobiliaria y la financiera.
Finalmente todos estos protagonistas propietarios y sus representantes políticos se encuentran con que el tinglado no aguanta, las burbujas revientan y los beneficios bajan.
Pero no pasa nada. Para eso están los grandes grupos de comunicación y los grandes partidos del bipartidismo imperfecto, sin olvidar especiales creaciones coloristas para las nacionalidades periféricas.
Cada cual a lo suyo, Los medios a decir que “no hay otra”, que “todos” tenemos que apretar el cinturón, etc, convirtiendo en opinión pública la publicación de sus falsedades y la resignación ante la crisis, como si de una catástrofe natural se tratase. Y los partidos políticos y sus mandatarios, bien amparados en la mayor opacidad y en un mundo de decenios de tramas corruptas, desde FILESA a Gürtel, pasando por todas las demás, a cumplir su cometido: legislar y ejecutar recortes sociales, negar derechos conquistados, promulgar reformas laborales y demás actuaciones destinadas a mantener la tasa de beneficio de los ricos propietarios, despojando a los currantes de sus mecanismos de defensa y transfiriendo una parte aún mayor del resultado de su trabajo a las cuentas de aquéllos.
¡Qué más se puede pedir!
Por lo demás, fuera quedamos muy bien. Se está a lo que digan Merkel y Sarkozy, el Banco Central Europeo, el FMI y el simpático Obama. como antes se estuvo a lo que decían Bush y Blair en las Azores. Se interviene en Iraq, en Afganistán (con la progre Chacón al frente, cantando “Els Segadors”) y donde haga falta; se entrega Rota para el escudo antimisiles y se tramitan vuelos con torturados a  Guantánamo y otras cárceles ilegales.
Ese es el resumen de 35 años de continuismo sin ruptura. En su transcurso sus gestores no renunciaron ni al crimen de Estado de los GAL para enfrentar a ETA ni al olvido deliberado y programado de la incómoda historia de crímenes contra la humanidad perpetrados por Franco y sus secuaces. Así es la cosa.
Y, en esto, llegó Garzón.
¿Pero qué hizo el tal Garzón? Pues jorobarles el invento.
Desentrañó el crimen de Estado puesto en marcha en la época del Gonzalato bajo la fórmula del GAL. Algún preboste fue a dar con sus huesos a la cárcel, muy visitado y celebrado, eso sí, por varios próceres del entonces Gobierno, y tiempo hubo en que al propio Sr. “X” – que no se sabe quien es, al parecer- no le llegaba la camisa al cuerpo. Metió mano en la mafia del narcotráfico. Se complicó la vida empapelando al sanguinario Pinochet, que salvó de chiripa gracias a los flemáticos laboristas británicos, siempre políticamente correctos, calculadores y atentos a no incomodar a un Chile, importante geoestratégicamente como equilibrio en el Cono Sur frente a la Argentina en pugna con el colonialismo inglés en las Malvinas. Puso el dedo en la llaga de la corrupción gurteliana, generando taquicardias sin cuento en el puente de mando del Partido Popular… Pero, sobre todo y por encima de todas estas delatéreas actuaciones, entre otras que ahora no relatamos, tuvo la ocurrencia de acceder al sordo clamor, silenciado o tergiversado o fustigado en los grandes medios de comunicación, de algunos ciudadanos que osaron rebelarse contra el olvido e impetrar la actuación de la Justicia. Eran los hijos y los nietos de hombres y mujeres que fueron sacados como perros de sus casas, conducidos a culatazos por las calles, encerrados en presidios inmundos, torturados salvajemente, fusilados contra una tapia y arrojados por montones a fosas sin señal ni nombre en ningún mapa.
Hubiera sido horrendo un caso, una docena. Pero fueron decenas y decenas de miles los exterminados planificadamente desde el poder golpista entronizado por el apoyo de Hitler, de Mussolini y de la “no intervención” de los muy democráticos gobiernos occidentales. Fue un crimen imprescriptible, contra la humanidad.
¿Qué has hecho, Garzón? ¿Cómo te has atrevido, oveja negra? ¿Cómo has osado proceder contra los matarifes que hace 70 años garantizaron la propiedad a los propietarios? Ya se te veía venir. a unos les pusiste el GAL patas arriba. A otros les estabas estropeando el negocio para la subsistencia. ¿No sabías que eran intocables? ¿Qué ellos son ahora, dentro de la restauración postfranquista, los que aseguran, con la alternancia, la gobernabilidad del régimen y la solidez del sistema para tomar -unos y otros- las medidas que hagan falta garantizando la pervivencia del negocio, o sea la propiedad de los propietarios?
Por eso no te han perdonado. Unos con la boca grande, otros con la boca pequeña, modulando hacía ti su posición, oportunista según las conveniencias políticas y electorales.
Como no te han perdonado muchos de tus compañeros. Porque el coraje y la coherencia ensombrecen y hunden a los consentidores y a los cobardes en la ignominia de su consentimiento ante la iniquidad. Muchos son ideológicamente excrecencias más o menos disfrazadas del franquismo en el que se formaron, productos esperables de la clase social de la que provienen, incluso, algunos, amigos y copartícipes de trasnochadas movidas fascistoides. Otros, que antaño hicieron sus pinitos democráticos, están muertos de envidia y reconcomio por lo que han dado en llamar tu “estrellato”, corroídos por el resentimiento y la vergüenza que tu actuación les ha hecho pasar. Y se han puesto de acuerdo, jaleados por unos medios de comunicación implacables que han decretado el linchamiento del juez impredecible.  Se han puesto de acuerdo, cómplices despiadados de una cacería necesaria, para dar escarmiento, para que ningún juez vuelva nunca  a salirse, con la Ley en la mano, de un tácito guión que está muy por encima de las leyes. El guión del Poder con mayúsculas. De paso, no es baladí, estos aplicados jueces, tanto los carcas de pata negra, como los progres vergonzantes, gozarán del encomio y la lisonja del que por cuatro años será Gobierno del Estado.
Y así se dio lugar a una ingeniería jurídica a partir de la que todo está ya juzgado de antemano.
De entrada se juega con la cronología de los juicios. Primero el de las escuchas. Se hace en nombre del derecho fundamental a la defensa, se instrumentaliza el corporativismo de la abogacía, se desempolva la vieja cuestión de que el fin no justifica los medios, como elemento para captar la aquiescencia de la opinión pública ante una sentencia que ya se barrunta pergeñada por un tribunal donde abundan los enemigos jurados de Garzón, dos de los cuales han tenido intervención en otros procedimientos contra él. Da igual, se rechazan recusaciones y se ignoran pruebas.
Así, una vez condenado, arrastrado a la infamia de la prevaricación, bien cacareada por La Gaceta y por El Mundo, comparado por el libelo del repugnante Pedro J. nada menos que con un juez pinochetista, denostado por todo el rencor de la caverna mediática, quedaría más abierto el camino, y las tragaderas de la ciudadanía más propicias para volverlo a linchar en un segundo juicio, mucho más espinoso, porque en España toca la fibra sensible de la memoria colectiva y en el extranjero puede chocar con una catarata de condena y repulsa. Con Garzón ya condenado por prevaricador, despojado ya de su toga de Magistrado, parece que la nueva sentencia condenatoria que se le tiene reservada – si no consigue paralizarla la alarma y la indignación social – podría colar mejor entre propios y extraños.
Y finalmente, ¡ qué mejor para ese estereotipo que se construye de mal juez, pésimo instructor, engreído, arbitrario, parcial, chapucero, prevaricador, etc, que ponerle además el capirote de corrupto en la sentencia del último juicio programado en tan sabia ingeniería! Será el broche de oro, la guinda del pastel. Baltasar Garzón habría pasado definitivamente del firmamento de la judicatura al basurero de la abyección. Para entonces sí que estarán preparadas las botellas de champán de aquellos que mentaba María Garzón Molina. Pero como también hay miedo al escándalo ante la indignación que levanta tan potente ingeniería, algunos han preferido optar por la prescripción y el archivo de actuaciones que disimula las cosas, pero vale igual para dejar sobre Garzón la mancha de una sospecha que no se resuelva nunca. Todo vale. Las botellas de champán serán servidas.
Es un deber de la ciudadanía hacer que se les atraganten.
Defender a Baltasar Garzón no es sólo – y ya sería mucho – defender a un inocente. Es defendernos a todos, es salir al paso del atropello y la iniquidad, es impulsar el rescate del olvido de la memoria popular y democrática, es amparar la dignidad de una justicia escarnecida y es quebrar la ingeniería represiva del régimen para disuadir a la gente y especialmente a los funcionarios y los jueces de que se comprometan y actúen contra la injusticia.
Esa defensa pasa por desenmascarar actuaciones particulares y consecuencias generales.
En cuanto a las primeras, en el único juicio en el que por ahora ha habido sentencia, hay que decir que el tipo penal de prevaricación judicial viene caracterizado por rasgos de naturaleza notoriamente subjetiva. En efecto, para incurrir en el delito, el juez ha de dictar una sentencia o resolución que sea “injusta” y que lo sea “a sabiendas”. Es decir, una condena por prevaricación judicial requiere tener como probada no sólo la injusticia de lo resuelto sino la voluntad de haberlo hecho pese a la convicción de que lo resuelto era injusto. Y es en ello en lo que radica el dolo. Dolo que resulta sencillo predicar cuando el carácter injusto de la resolución es palmario y manifiesto y cuando la voluntad informada de resolver injustamente se deduce del interés o beneficio personal del juzgador o del ánimo patente de causar un daño. Ahora bien, ninguno de estos supuestos se puede dar razonablemente en el caso de las escuchas enjuiciado, toda vez que la resolución del juez Garzón que se incrimina es en todo caso opinable, lo que viene probado materialmente por la opinión del Ministerio Fiscal y de otros jueces, coincidente con la del juez Garzón que, siopinaba que era justa su resolución, no podía lógicamente dictarla “a sabiendas” de su injusticia.  En último término, y salvo casos donde pueda probarse de forma incontrovertible la voluntad de cometer injusticia, la valoración de lo que es justo o no, se remite a los valores de cada uno y por tanto a su subjetividad. Ir más alla supone vulnerar el principio constitucional de presunción de inocencia y supone atentar contra el principio de resolución en conciencia, inseparable de la práctica jurisdiccional. Otros supuestos relativos a la imprudencia o ignorancia inexcusable acerca del carácter injusto de la resolución tampoco son predicables en este caso por las razones ya aducidas de coincidencia de criterios con la Fiscalía y con otro magistrado que mantuvo las escuchas.
En cuanto al contenido material de la conducta de Garzón, quedó patente en el juicio que las escuchas (de cuya práctica en otros procedimientos ajenos a los tipos de terrorismo hay constancia fehaciente y reciente)  no fueron dispuestas para menoscabar el derecho de defensa de los imputados en la trama Gürtel, ni la estrategia de los letrados, sino para prevenir la comisión de nuevos delitos de evasión de capitales de cuya posibilidad existían indicios razonables.
Llegados a este punto es legítimo preguntarse ¿quién prevarica?
Y es explicable que la alarma social cunda ante las consecuencias generales de la Sentencia contra Garzón que viene a constreñir la capacidad jurisdiccional para enfrentarse eficazmente contra los delitos de corrupción que, no se olvide, no son delitos de pobres que hurtan gallinas, sino delitos vinculados al Poder, al quevediano poder del dinero y al poder de los políticos, con lo que ello conlleva de desprestigio de la ya muy poco prestigiada profesión política y del modelo de partitocracia representativa parlamentaria.
Todo ello no transcurre además en una mónada aislada, sino en un país concreto donde presuntos corruptos se pasean por la calle, donde para el Duque de Palma se solicitan (con participación de la Casa Real) excepciones y privilegios en el procedimiento (eso sí que es propio de regímenes totalitarios), donde un tribunal popular absuelva el popular Paco Camps que sigue haciendo gala de sus flamantes atuendos y donde los hijos y los nietos de los asesinados por decenas de miles siguen sin enterrarlos, muchos símbolos del franquismo continúan en pie, las farsas tenebrosas de los consejos de Guerra continúan siendo válidas (Miguel Hernández, bien encarcelado; Julián Griamu, bien fusilado; Enrique Ruano, bien “suicidado”…; los que celebraron cortes de pelo a las mujeres asturianas y se corresponsabilizaron con las penas de muerte, bien homenajeados, etc..) Y donde, pocos ya, pero más de uno de “los del gatillo” mantienen su dorada vejez sin remordimientos y con sopitas y buen vino.
No es extraño que en semejante contexto, ante la aberrante condena de Garzón y las nuevas resoluciones que algunos albergan en su ánimo contra este juez indómito, una parte importante de la ciudadanía se responda, entendiendo que en España existe la prevaricación de un nuevo marcartismo togado.
Los ciudadanos tienen el derecho de pensar que algunos si que sabían que estaban condenando a un inocente o sea cometiendo una injusticia a sabiendas, prevaliéndose de la potestad jurisdiccional de sus togas.
¿Quién juzgará a los juzgadores, a los enfermos de celos, a los acusadores mediáticos, a los grupos irredentos de la nostalgia franquista, a los propietarios del Poder que solo quieren silencio y calma para su negocio?
No será en los estrados de madera de un alto tribunal. Los juzgará la conciencia democrática y la memoria de un pueblo que con el veredicto inapelable de la historia irá agigantando cada día la rectitud de quien tuvo el coraje de enfrentarse a todo el andamiaje de lo establecido, tal vez sin apreciar cabalmente el alcance histórico de su actuación, y, en cambio, sentenciará al olvido hasta los nombres de los enanos morales, que, inútilmente, se prestaron a la bajeza de su linchamiento.
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